El norte de Nigeria lleva más de quince años sometido a múltiples formas de violencia organizada que se superponen y se refuerzan mutuamente (Baloye & Olawole, 2025). Entre ellas destacan la insurgencia yihadista, el bandolerismo y los conflictos por el control de los recursos. Lejos de constituir un fenómeno homogéneo, estos escenarios involucran a militantes yihadistas, redes criminales orientadas al lucro y tensiones comunitarias, con una convergencia cada vez más estrecha entre estos actores. El resultado ha sido un saldo de decenas de miles de muertos, millones de desplazados, secuestros generalizados y severas crisis humanitarias, que han ejercido una fuerte presión tanto sobre las fuerzas armadas como sobre la economía del país.
Breve reseña de Nigeria
Nigeria es un extenso país de África occidental, con 923.768 km², conocido por su diversidad geográfica y étnica. Es la nación más poblada de África, con 239.430.000 habitantes, donde se hablan cientos de lenguas, entre ellas el yoruba, el igbo, el hausa y el fula. La capital es Abuja, mientras que Lagos sigue siendo el principal centro comercial, con una población de 17.800.000 habitantes (World Population Review, 2026). La Nigeria moderna se constituyó en 1914, tras la unión de los protectorados británicos, y obtuvo la independencia en 1960 (Encyclopedia Britannica, 2026).
Antecedentes
El principal foco de inestabilidad en el noreste ha sido la insurgencia de Boko Haram, que comenzó en 2009 en el estado de Borno. Fundado por Mohammed Yusuf, el movimiento rechazaba la educación y el modelo de gobierno de corte occidental, proponiendo en su lugar la instauración de un califato islámico. Bajo el liderazgo de su sucesor, Abubakar Shekau, el grupo alcanzó notoriedad internacional tras el secuestro, en 2014, de las colegialas de Chibok —una pequeña localidad cristiana en una zona mayoritariamente musulmana—, con más de 200 víctimas (DW, 2024), de las cuales decenas permanecen desaparecidas, además de intensificar los ataques contra civiles, instalaciones militares e infraestructuras. Se estima que el conflicto ha provocado entre 30.000 y 40.000 muertes directas y el desplazamiento de más de dos millones de personas (BBC, 2025).
En 2016 se produjo una escisión significativa cuando varios comandantes, entre ellos Abu Musab al-Barnawi, se separaron de Abubakar Shekau para formar la «Provincia de África Occidental del Estado Islámico» (ISWAP, por sus siglas en inglés), alineándose más estrechamente con el Estado Islámico. Esta nueva facción mostró una mayor cohesión operativa, priorizando la gestión organizacional en las áreas bajo su control y los ataques dirigidos contra las fuerzas de seguridad. El ISWAP es hoy uno de los actores armados más relevantes en el norte de Nigeria y representa una amenaza persistente para la estabilidad regional, debido a su capacidad militar, su conexión con redes yihadistas globales y su adaptación al entorno local. El líder de Boko Haram, Abubakar Shekau, murió en 2021 durante un enfrentamiento con el ISWAP. Desde entonces, ambas facciones han mantenido enfrentamientos entre sí mientras combaten a las fuerzas armadas nigerianas (BBC News Pidgin, 2025), lo que configura un escenario de guerra territorial particularmente complejo (BBC, 2025).
Figura N°1 Combatientes de Boko Haram. Nota: BBC News Pidgin (2025).
En el noroeste, una crisis paralela de bandolerismo se intensificó durante la década de 2010, con raíces en el robo de ganado, la criminalidad rural y la persistencia de disputas históricas entre agricultores y pastores. Estos grupos de bandoleros —frecuentemente asociados a comunidades fulani, aunque altamente fragmentados y con decenas de miles de integrantes— operan en estados como Zamfara (epicentro), Katsina, Sokoto y Kaduna. Sus actividades incluyen secuestros masivos con fines de rescate, incursiones en aldeas y el control de los recursos, especialmente mediante la minería ilegal. Aunque inicialmente diferenciados de los grupos yihadistas, con el tiempo han surgido zonas de solapamiento, tanto en alianzas tácticas como en métodos operativos (The Soufan Center, 2025).
Por su parte, los conflictos entre agricultores y pastores —principalmente entre pastores fulani musulmanes y agricultores sedentarios, en su mayoría cristianos o no fulani— constituyen una capa adicional de violencia estructural (Infobae, 2026). El desplazamiento generado por la insurgencia de Boko Haram empujó a numerosos pastores musulmanes hacia el sur, la zona más cristiana, lo que intensificó la competencia por tierras y recursos. En ciertos periodos, esta violencia ha superado en letalidad a la propia insurgencia yihadista, con miles de víctimas anuales durante los momentos de mayor intensidad. A ello se suma que el bandolerismo no solo se superpone a estas disputas, sino que, con frecuencia, se nutre de ellas y las exacerba.
Situación actual (a principios de 2026)
Los conflictos permanecen activos y, en amplias zonas, se han intensificado o expandido desde 2024–2025, sin que se perfilen condiciones claras para una resolución. Las principales tendencias son las siguientes.
Noreste (Boko Haram/ISWAP). En el noreste, la violencia ha repuntado entre 2025 y comienzos de 2026, con ataques letales de Boko Haram contra civiles en Borno, mientras que el ISWAP mantiene operaciones más sofisticadas contra las fuerzas de seguridad. Aunque persisten las rivalidades, se registran treguas puntuales entre facciones. El conflicto, además, se está expandiendo hacia zonas adyacentes, aprovechando la debilidad estatal y el control de recursos estratégicos (HRW, 2026).
Noroeste (bandolerismo y grupos híbridos). El noroeste registra el mayor aumento de la violencia criminal, con miles de secuestros anuales y ataques masivos contra aldeas, especialmente en Zamfara. En esta zona, operan unos 30.000 combatientes en estructuras fragmentadas, con la aparición de grupos híbridos como Lakurawa y una creciente convergencia entre bandidos y actores yihadistas, en particular en torno al control de zonas mineras (The Soufan Center, 2025). El 26 de marzo, al menos nueve soldados y un policía murieron en una emboscada armada en la comunidad de Giro Masa, en el estado de Kebbi (La Gaceta, 2026).
Los grupos armados siguen expandiéndose hacia el centro-norte y el suroeste, sostenidos por economías ilícitas y conflictos persistentes entre agricultores y pastores. Los ataques estadounidenses de 2025 habrían tenido efectos ambivalentes al generar vacíos de poder que otros grupos aprovecharon (Business Day, 2026).
Figura N°2 Un mapa geoespacial de la insurgencia en el norte de Nigeria entre 2009 y 2020. Nota:Baloye & Olawole (2025).
En 2025, las muertes asociadas al conflicto en Nigeria alcanzaron niveles particularmente elevados —en torno a 12.000 a escala nacional, según algunos observadores—, con una concentración desproporcionada en el norte del país. Solo en el noroeste se registraron más de 680.000 desplazados, mientras que la inseguridad alimentaria aguda afecta a millones de personas. Los ataques se dirigen con frecuencia contra la población civil, los líderes tradicionales e infraestructuras críticas. En respuesta, las fuerzas armadas nigerianas han intensificado sus operaciones —por ejemplo, en Zamfara y Sokoto— y sostienen haber neutralizado o capturado a miles de combatientes, en paralelo con intentos de acuerdos locales de amnistía, muchos de los cuales no han prosperado. El apoyo internacional incluye programas de entrenamiento y operaciones aéreas por parte de Estados Unidos (Relief Web, 2026). Aunque la presión militar ha degradado parcialmente algunas capacidades, la violencia persiste y se adapta, lo que configura una amenaza constante para la estabilidad regional.
Análisis estratégico-militar
El norte de Nigeria vive un conflicto híbrido y persistente de baja intensidad, en el que se superponen la insurgencia yihadista (Boko Haram y el ISWAP), el bandolerismo y la violencia intercomunitaria. No se trata de una guerra convencional, sino de una fragmentación del control estatal en la que distintos actores compiten por territorio, recursos y población.
El rasgo central es la convergencia entre grupos ideológicos, criminales y comunitarios, que comparten espacios y economías ilícitas (como secuestros, minería ilegal y tráfico de armas). Esto ha creado un ecosistema de violencia autosostenido, en el que las fronteras entre la insurgencia y el crimen se difuminan.
Operacionalmente predomina la guerra irregular: ataques rápidos, emboscadas y golpes contra civiles. Los grupos, muy descentralizados, muestran una gran resiliencia. El ISWAP destaca por su mayor sofisticación y sus esfuerzos de gobernanza, mientras que el bandolerismo es más depredador, aunque cada vez más ideologizado.
El conflicto se concentra en zonas con una débil presencia estatal y se expande hacia el centro-norte y el suroeste. La economía de guerra genera incentivos para su continuidad. El Estado nigeriano ha logrado avances tácticos, pero no consigue un control territorial sostenido. Las amnistías tienen poca eficacia y algunas intervenciones externas crean vacíos de poder que agravan el problema.
Conclusión
El norte de Nigeria ha consolidado un conflicto híbrido, prolongado y altamente resiliente, en el que confluyen la insurgencia yihadista —encarnada por Boko Haram y el ISWAP—, la criminalidad organizada vinculada al bandolerismo y la violencia intercomunitaria entre pastores y agricultores. Lejos de operar de forma aislada, estas dinámicas se entrelazan y se refuerzan mutuamente, erosionando de manera sostenida la autoridad del Estado.
El conflicto presenta una marcada fragmentación y una expansión geográfica progresiva. Su sostenimiento responde, en gran medida, a la existencia de economías ilícitas —particularmente el secuestro y la minería ilegal— y a la debilidad estatal en amplias zonas rurales, lo que facilita la consolidación de refugios insurgentes y el control de recursos estratégicos. En este contexto, la población civil continúa siendo el principal blanco de la violencia, lo que agrava la crisis humanitaria.
Si bien las fuerzas nigerianas han alcanzado logros tácticos relevantes, estos no se han traducido en un control territorial sostenido. Las iniciativas de amnistía han mostrado una eficacia limitada, mientras que algunas intervenciones externas han generado efectos contraproducentes al abrir vacíos de poder que otros actores armados aprovechan.